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14 de marzo: día de concientización sobre la endometriosis

María Eugenia Panizza
15 mar 2022
4 min de lectura

La endometriosis es una enfermedad caracterizada por el crecimiento, fuera del útero, de un tejido similar al revestimiento del útero, lo que provoca dolor, infertilidad o ambos. Afecta aproximadamente al 10 % (190 millones) de las mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo. Se trata de una enfermedad crónica que cursa con un dolor intenso y es difícil de diagnosticar.


Es una enfermedad que demora muchos años en ser diagnosticada, provoca un dolor intenso que surge muy rápidamente, con consecuencias emocionales y de relacionamiento. Aquí me gustaría compartirles mi vivencia subjetiva sobre la endometriosis en una nota que escribí hace un par de años.


"Bueno, es que yo también tengo endometriosis".

Este fin de semana salió un artículo sobre la endometriosis. Y la verdad, me pareció poco informativo en un sentido, pero mucho en otro. Es que el artículo apuntaba principalmente a “sensibilizar” sobre esta enfermedad. ¿Sensibilizar? ¿Es que acaso es necesario sensibilizar sobre un dolor de muelas, una apendicitis? Entonces fue cuando entendí algo: la endometriosis es algo que SÓLO le pasa a las mujeres. Y se relaciona con la menstruación. Con la vida íntima. Entonces claro, ¡cómo no va a ser privado y callado! Y ahí pienso que sí. Que entonces tal vez sí sea necesario sensibilizar. Bueno, es que yo también tengo endometriosis. Y varias amigas y compañeras. Esa de la foto es mi panza. Si te fijás bien, tengo una pequeña, diminuta cicatriz en el ombligo. Y otras dos que no se ven. Es que la endometriosis no es una enfermedad ni tan grave ni tan complicada. Lo complicado es el sistema que demora años en diagnosticarte y tratarte. Que te impone una visión sobre la maternidad y el ser mujer que en ningún momento se cuestiona. Pero vayamos por partes. Duele. La endometriosis duele. Como el carajo. Así te das cuenta de que algo no anda bien. Duele tanto que la primera vez te vas a la emergencia convencida de que tenés apendicitis o algo así. “No tenés nada”. Ni infección, ni apendicitis. Entonces no es nada. “Pero me duele”. En los estudios no sale nada. Así que a casa. Chiflando bajito. Con la panza entre las manos. A los dos meses: dolor. Duele, duele. Vómitos. “Infección”. Antibióticos. El dolor después de unos días pasa. Y seguís. Uno, dos, tres meses. En mi caso: casi dos años. Con “infecciones” de todo tipo. Antibióticos que no hacían nada. “No es nada”. “Pero me duele”. Conversación que se repite en la emergencia o cuando el médico viene a tu casa. Diagnósticos de cualquier cosa. Dolor. Vómitos de dolor. Días en casa. Es que no había nada. Hasta que por esas casualidades caés en la emergencia ginecológica y a algún ser humano se le ocurre que TAL VEZ una ecografía muestre algo. Por suerte (¿por suerte?) el quiste creció tanto que ahora sí se ve: diagnóstico. Ahora, el tratamiento: pastillas. “No quiero”. Es la única forma. O tener hijos. “Tener hijos no es una opción por el momento”. ¿En serio? ¿Le estás planteando a una mujer que tener hijos es un tratamiento para una enfermedad? Me voy indignada con mis recetas de pastillas que no quiero tomar abajo del brazo. Yo no quería alterar mi ciclo. Quiero una vida natural. Comer sano. Hacer yoga. Pero sí, vengan las hormonas a alterar mi ciclo. Pastillas anticonceptivas sin nada que anticoncebir. A ver si deja de doler. Y deja. Bueno, más o menos, pero te acostumbrás, tanto que ya ni te quejás. Hasta ese punto nos enseñaron a esconder en el mundo de lo íntimo la cuestión femenina. Y el quiste sigue creciendo, así que a operar. Está bien, mejor. Así se cura del todo. Entonces ahí te enterás de que no se cura. “Salvo que tengas hijos, ahí a veces se cura”. Otra vez con la cantarola. Que no. Que no estoy pensando en formar una "familia" (forma en que también denominaron a esta cura estrafalaria). “O tener hijos o tratamiento hormonal…”. ¡Venga entonces el tratamiento hormonal! Pero ahora más fuerte. Calores, sofocos. Falta de apetito (“qué flaca que estás”). Cambios de humor (muchos, estás infumable). Algunos otros cambios. Confiás. Esperás. No te queda otra. Y ni que hablar de la inversión económica que llevás hasta el momento (que eso sería otro capítulo). La chica hipponga que te cuenta que conectar con el ciclo menstrual es casi un deber de nosotras, las mujeres orgullosas de ser mujer. La mirás y no decís nada. Silencio. Culpa. Culpa de entregarte de lleno a algo en lo que ni tanto confiás, con la esperanza de no volver a pasar por lo mismo. Culpa de no cumplir con el “ser mujer” conectada, sensible, vibrando con la pacha en cada menstruación (bue...es igual, tampoco nunca me sentí muy así). Y pasa. Volvés a las pastillas. Es eso o esperar a más quistes. Más dolor. Sí, tengo un endometrio loco que crece donde se le canta y un sistema médico que te somete a sus dosis de hormonas y operaciones sin preguntar nada. Y asumiendo todo. Y mirás tu cuerpo en el espejo. Tres diminutas cicatrices. Y te preguntás qué le espera. Si será que ese cuerpo albergará alguna vez otro cuerpo, o qué será de este, MI cuerpo. Pero estás segura de que si lo hace, nunca será como una solución práctica a un problema cotidiano (hoy la endometriosis, mañana el miedo a estar sola, pasado quién sabe). Porque al menos eso sí que lo tenés claro. Confiás en que ese útero loco que manda endometrio para tantos lados un día se acomode. O le encuentres la forma. O el sistema médico este aún más loco, que demora dos años para diagnosticar una enfermedad tan común, también se acomode. O le encuentre la forma. Lo que sea primero. En cualquiera de los casos, el cambio será bienvenido.



 
 
 

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